Se dicen continuamente, se repiten
hasta la saciedad, con un martilleo incesante que recuerda el aprendizaje de
las tablas de multiplicar.
Una de las más usadas suele ser: “Se
les acabó el amor” ó “Ya no son
cómplices” y justifican con estas nueve palabras la felicidad de una familia,
si más, de un plumazo.
Miren ustedes, los españolitos de a
pie podemos ser muchas cosas, pero tontos no, sabemos distinguir; entendemos
que el amor, el verdadero hecho de entrega, caridad y trabajo no se acaba,
perdura de padres a hijos, de amigos a familiares y produce una paz interior
que no tiene nada que ver con la banalidad que se pregona. Se fomenta la
amabilidad, la autoestima y es un preventivo eficaz contra la depresión y el
egoísmo.
La otra manida frase es: “Ya somos
cómplices”, si no humanos, dotados de alma y cuerpo, con dignidad personal, y
no debemos dejarnos arrastrar por esas palabras modernas y casuísticas que
pasarán de moda en dos ó tres años; no tienen más que mirar revistas de los 80
para comprobarlo.
Sean intransigentes, valientes,
sinceros y no se dejen engañar por cantos de sirena como Ulises en su viaje sin
fin.
El sentido común se hace día a día.
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