No hay palabras para describir el horror de tanta barbarie, ni siquiera pinceles con que dibujar la maldad. Ni tampoco sonidos que reflejen a nuestro alrededor el miedo y la angustia que han sentido a diario cientos de mujeres.
Vivimos en una sociedad cansada de problemas económicos, falta de valores morales que cierra los ojos ante lo evidente: con una ignorancia culpable hacia sus dos principales pilares. “Los niños indefensos no nacidos” y “las mujeres violentadas en su femineidad”. Son ilusos los que así piensan, llenos de una soberbia enfermiza que les lleva a las mayores cobardías para su aparente satisfacción; la muerte de un ser humano, único e irrepetible.
Todos tenemos que tomar partido claro y sincero, ayudar a erradicar estos males endémicos que son la desesperanza y el furor injusto, que nada arreglan.
Debemos formar a las nuevas generaciones, más y mejor a nuestras mujeres jóvenes, reafirmarlas en su papel histórico, su valía y autoestima, darles ejemplos de tantas madres prudentes y cultas en épocas anteriores, tan dignas de respeto por ser féminas y femeninas en todos los trabajos.
Las mujeres, sencillamente lo quieran algunos ó no, son la base de la sociedad, su dignidad es la nuestra, su vida es dar vida, resultado del Amor que dan a raudales sin pretender nada a cambio.
Levantemos pues, una y cien voces, mil silencios de respeto y admiración a estas mujeres que hoy y siempre nos han enseñado lo mejor, sin fin, desde el principio.
La cuna.
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