Mi familia

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miércoles, 21 de diciembre de 2016

Tres mosqueteros en el Cielo

Cuenta Alejandro Dumas en su historia la vida y hazañas de tres valientes y un gran amigo llamado D´Artagnan; que luchando a capa y espada, protegían a damiselas, reinas e incluso tronos de las insidias malvadas y triunfaron de pleno recibiendo el aplauso de los más desfavorecidos y palaciegos.
Volando en la historia, ayer recibió el último mosquetero del siglo XXI su laurel, la Eternidad.
Se llamaba Javier Echevarría y era un joven simpático, abogado, que se hizo sacerdote por Amor a Dios. Ya de sotana en Madrid, tras muchos afanes en las barriadas de la periferia, trabajó con gente adolescente a la que pulió y enseñó varios oficios.
Viajó a Roma y siguió haciendo lo mismo por y para todos de igual manera, creando escuelas de capacitación en los barrios más pobres; luego fue ampliando sus miras en otros países y continentes: Perú, Guatemala, África, China y Japón.
Nada frenó su ímpetu tras las huellas de sus predecesores, S. Josemaría Escrivá y el Beato, Álvaro Del Portillo; D. Javier con su sempiterna sonrisa y su acento madrileño, atrapó medio mundo en las redes de la bondad, haciendo suyas las palabras de “ahogar el mal en abundancia del bien”: nada le arredró, ni sus operaciones de corazón, ni las intervenciones de columna, que sufrió sin queja alguna.
Los que tuvimos la suerte de conocerle y tratarle, notamos ese aura de paz y serenidad que transmitían sus palabras y sus gestos, era sencillo en su grandeza, sobrio, equilibrado y cercano. Sabía escuchar y entender, sabía disculpar y amar, en resumen, era un gentleman que supo dar lo mejor de sí mismo a los demás.
Tanto regaló, que ayer tarde, el Creador consideró el momento justo para llamarle y premiarle con una Vida Eterna. Estará en un sitio especial, tras sus dos mentores, S. Josemaría y el Beato Álvaro; no le gustaba sobresalir en nada. Eso sí, ha dejado una estela imborrable de eficacia y bondad en este mundo que mejoró con su trabajo diario, visitando hospitales, universidades y barrios extremos, sabiendo aunar como nadie a pobres y ricos, a razas y credos como un mosquetero de Dios sacado de la Historia, vestido con una sotana de Amor y un corazón que puso a los pies de todos.
Bordó con hilo invisible una red de bondad en el mundo envuelto gracias a él, eterno D´Artagnan, el más joven y justo de los mosqueteros, conquistando sin espada con su palabra y su inefable sonrisa de paz, reflejo interior de su alma y cariño, desde mañana seguirá enviando a manos llenas, ese Amor, tras las nubes, en el albero azul del Cielo.
Muchas gracias D. Javier.


lunes, 5 de diciembre de 2016

Un poco de urbanidad

Recuerdo que hace unos años estudiábamos en el colegio, “el libro del niño bien educado”: sé que suena cursi y desfasado. Pues miren ustedes, no es así.
Todas las cosas que nos ayudan a ser más amables, corteses y correctos en el protocolo y la vida familiar merecen una buena nota.
Un tanto por ciento elevado de formación y “savoir faire” que dicen los franceses, nos resulta imprescindible para mejor andar por la vida.
Saber escuchar, sonreír frecuentemente, hablar de cosas que interesen a los demás, tener sentido del humor fino, sin sarcasmos, ayudan a una convivencia más feliz.
Comer con sobriedad y sin gazmoñerías, alabar la buena mesa y el servicio, terminando con una tertulia breve en el postre, sirve para unir más a la familia y dar ejemplo, no imponiendo, con naturalidad.
Eso tan difícil que suele heredarse de generación en generación, y se llama clase, que no depende del dinero si no de intentar hacer las cosas con cariño y alegría.
Sí debemos retomar ese libro de Urbanidad nuevamente y enseñar sus excelencias; hasta las empresas en el equipo de recursos humanos deben exigirlas, para captar mejor los clientes.
Mientras, en la calle debemos insistir en el respeto, a los mayores, a la forma de pensar de los demás, etc…
Y repasar a diario ese libro tan olvidado y estupendo, esos consejos dados por la experiencia, las maneras de hacer bien las cosas, sin tremendismos, actuando así, como hacemos para respirar bien, sin apenas darnos cuenta, pues al final conseguiremos ser más señores, más elegantes, como solía explicar Coco Chanel, “la moda pasa, los años también, pero el estilo permanece”. La clase…eso siempre permanece como buen hacer.