Me
despierto temprano, intento no hacer ruido, pues todos en casa duermen,
enciendo el ordenador y me encuentro un correo con foto impresa.
Ahí
comienza mi pesadilla; una mujer rubia de ojos claros asevera en líneas negras:
-
“Los bebés en el vientre no tienen derechos constitucionales”. No, horror.
-
“Una mujer debería tener el derecho de abortar, incluso horas antes del
nacimiento”. ¡Estupor, espanto!
En
esos momentos, me lavo los ojos, creyendo no leer bien, pues no cabe la opción
de tanta maldad, ni odio a las cosas maravillosas que nos rodean.
Primero
ataca cobardemente a los bebés, que sabe son seres vivos, y que luego meses
después abrazará en público, reconociendo que tienen una vida por delante que
ampara la ley natural, sabia, hecha por la Providencia. Como el aire que
respiramos a diario, y que prima sobre cualquier Constitución, hecha por
hombre, a su libre albedrío y que casualmente han sido bebés antes de
promulgarlas.
Una
segunda opción que pregona, “abortar horas antes del nacimiento” es decir matar
fríamente a un ser indefenso, crimen abominable y cobarde, que la propia fémina
sufrirá al practicarlo obnubilada por su carga anímica y la sociedad que la
empuja a ello; se arrepentirá a lo largo de su vida, con depresiones continuas,
en su malhadada conciencia, está comprobado.
Un
cristiano de verdad, si es consecuente, lo sabe, ejemplo cercano, un cura
argentino llamado Bergoglio, criado entre favelas por Amor, trabajando más de
cuarenta años por la misma razón, nos da ejemplo de humildad y sencillez,
visitando en las periferias a pobres, delincuentes y desheredados de la
fortuna; les abraza y visita con cariño, me refiero al Papa Francisco, reflejo
de un buen cristiano.
Si
usted señora mía, tiene la cabeza sobre los hombros, conocerá que estas leyes
naturales existen, son inmutables. Lo quiera usted ó no, “todos los días sale
el sol y se pone sin su permiso”, “todas las noches las estrellas, en su lugar
visten su traje dorado de etiqueta y nos recuerdan desde ahí arriba que todo es
Providencia”.
Le
aconsejo a usted un paseo por la Naturaleza, un contar los innumerables verdes
de los árboles y follajes, como hacía nuestro insigne Juan Ramón Jiménez; un
comenzar a andar por otros caminos de paz y concordia, convirtiendo al mundo
que ahora no ve con claridad en lo que es realmente, bello, donde se puede y
debe dejar vivir a los demás, con respeto y cariño.
Ahora,
de madrugada, cuando amanece y una tímida luz asoma por los cristales, comienzo
mis trabajos con alegría; y doy gracias al Cielo, a mis padres y familia por la
formación humana y espiritual que me inculcaron, que recibí de prestado.
Las
pesadillas inesperadas, quedan atrás, en una mala noche que ya pasó. Hay mucho
que construir y la Vida, señora… Siempre vale la pena.