Mi familia

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jueves, 19 de enero de 2017

Pesadilla inesperada

Me despierto temprano, intento no hacer ruido, pues todos en casa duermen, enciendo el ordenador y me encuentro un correo con foto impresa.
Ahí comienza mi pesadilla; una mujer rubia de ojos claros asevera en líneas negras:
- “Los bebés en el vientre no tienen derechos constitucionales”. No, horror.
- “Una mujer debería tener el derecho de abortar, incluso horas antes del nacimiento”. ¡Estupor, espanto!
En esos momentos, me lavo los ojos, creyendo no leer bien, pues no cabe la opción de tanta maldad, ni odio a las cosas maravillosas que nos rodean.
Primero ataca cobardemente a los bebés, que sabe son seres vivos, y que luego meses después abrazará en público, reconociendo que tienen una vida por delante que ampara la ley natural, sabia, hecha por la Providencia. Como el aire que respiramos a diario, y que prima sobre cualquier Constitución, hecha por hombre, a su libre albedrío y que casualmente han sido bebés antes de promulgarlas.
Una segunda opción que pregona, “abortar horas antes del nacimiento” es decir matar fríamente a un ser indefenso, crimen abominable y cobarde, que la propia fémina sufrirá al practicarlo obnubilada por su carga anímica y la sociedad que la empuja a ello; se arrepentirá a lo largo de su vida, con depresiones continuas, en su malhadada conciencia, está comprobado.
Un cristiano de verdad, si es consecuente, lo sabe, ejemplo cercano, un cura argentino llamado Bergoglio, criado entre favelas por Amor, trabajando más de cuarenta años por la misma razón, nos da ejemplo de humildad y sencillez, visitando en las periferias a pobres, delincuentes y desheredados de la fortuna; les abraza y visita con cariño, me refiero al Papa Francisco, reflejo de un buen cristiano.
Si usted señora mía, tiene la cabeza sobre los hombros, conocerá que estas leyes naturales existen, son inmutables. Lo quiera usted ó no, “todos los días sale el sol y se pone sin su permiso”, “todas las noches las estrellas, en su lugar visten su traje dorado de etiqueta y nos recuerdan desde ahí arriba que todo es Providencia”.
Le aconsejo a usted un paseo por la Naturaleza, un contar los innumerables verdes de los árboles y follajes, como hacía nuestro insigne Juan Ramón Jiménez; un comenzar a andar por otros caminos de paz y concordia, convirtiendo al mundo que ahora no ve con claridad en lo que es realmente, bello, donde se puede y debe dejar vivir a los demás, con respeto y cariño.
Ahora, de madrugada, cuando amanece y una tímida luz asoma por los cristales, comienzo mis trabajos con alegría; y doy gracias al Cielo, a mis padres y familia por la formación humana y espiritual que me inculcaron, que recibí de prestado.
Las pesadillas inesperadas, quedan atrás, en una mala noche que ya pasó. Hay mucho que construir y la Vida, señora… Siempre vale la pena.

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